..abril
2005
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Ana von Rebeur
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“Las mujeres somos
Sobrevivientes natas” |
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No es fácil ponerle un rótulo a Ana von Rebeur (más
allá del ex jardinense nostálgica).
Su sitio web la presenta como periodista,
ilustradora y dibujante humorística. Definición medio
escueta si se tiene en cuenta que, para leer su
trayectoria, hay que pasarse un buen rato pegado a la
pantalla. Sólo a modo de resumen: 21 libros publicados
de varios temas (desde sexo hasta defensa al
consumidor), |
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diez premios internacionales, colaboraciones en más de
40 medios de Argentina y el exterior (Clarín, La Nación,
por citar sólo algunos), una cátedra universitaria en
Estados Unidos, y men-ciones en países tan dispares como
Inglaterra, Serbia y la India. |
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Ella cuenta que en su niñez, vivida entre el
departamento de Plate, las recovas de la ve-reda y la
plaza, quería ser “aventurera”. Se encontró con la
profesión de azafata y por 14 años se largó a recorrer,
ver y sentir el mundo. Lo empezó a plasmar en el papel
siempre le había gustado escribir- y entró, allá por el
´86 al ambiente del periodismo, el que vio que mejor le
sentaba para su personalidad de “estudiosa permanente” (no
por algo pasó por química, psicología, diseño gráfico y
otras cuantas cosas más).
En esa cantera del ingenio que fue la hoy desaparecida
Humor, Ana fue desarrollando un estilo, reflexivo y a la
vez humorístico, que se consolidó con su primer libro, Los
hombres vienen flojos (1995), un divertidísimo compendio
de los nuevos códigos del amor, las parejas y el
matrimonio.
Ese trabajó, éxito total de ventas, le fue abriendo las
puertas de la producción televisiva y radial y,
finalmente, de la ilustración y la historieta.
Diez años y 19 libros después, esta rubia alta, elegante
y de mirada intensa acaba de publicar Los hombres andan
flojos, como para reafirmar aquello de que los sexos y su
manera de relacionarse ya no son lo que eran y hay que
acostumbrarse (o resignarse) a otras cosas. A raíz de este
nuevo trabajo, charló por más de dos horas con Guía
Palomar en su chalet de Acassuso.
-¿Qué edad tenés?
-No lo digo (ríe). Después de los treinta la mujer no
puede decir más la edad.
-¿Por qué?
-Porque le empiezan a calcular cuánto tiempo le queda.
Si está buena o no está buena. Si viene por el lado de…
-¿Si es carne fresca o
marcada, hablando mal y pronto?
-Totalmente. Seguimos siendo “el negro del mundo”, como
siempre digo yo. Y si decimos la edad estamos entre la
etiqueta de “todavía tira para un rato” o la de “ya está
para el geriátrico”. Hasta que no cambie el mundo no hay
que decir la edad.
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DOLLY
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-O sea, eso le aconsejás
a las mujeres
-No, no pueden. Igual, no andan preguntándonos la
edad los hombres. Sólo la revista Noticias que tiene
esta cosa morbo de poner la edad a todo el mundo. Pero
fijate que a ciertas divas no se la ponen. Para
sacarle la edad a Andrea Frigerio, Graciela Alfano,
Moria Casán o Mirtha Legrand tiene que hacer un
trabajo de archivo. |
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-¿De qué se trata tu nuevo libro Los hombres andan
flojos?
-Es un revival de Los hombres vienen flojos, que publiqué
en 1995. Acá cuento “gritos se-cretos”, que no debiera decir y
que me dan mucha vergüenza. Intimidades muy grosas que me
pasaron a mí, pero que le pueden pasar a miles de mujeres, que
es el tema famoso de lo que se sufre por amor. Todas lo
buscamos pero es la situación de la vida donde peor la pasás.
Sentís un momento de complitud total pero, al mismo tiempo,
mucha vulnerabilidad. Ponés tu alma en manos de otro que, por
ahí, te la corta en pedacitos. Entonces no es raro que ambos
sexos se tengan miedo.
-Pareciera que hay más miedo
ahora que hace 20 o 30 años.
-Es que están más accesibles las relaciones. Se besa
antes, se hace el amor antes. En el libro no lo digo para
que lo concluya el lector, pero hombres y mujeres somos
todos vul-nerables. Nos hacemos daño por el miedo a que nos
hieran del otro lado.
-En tu primer libro los
hombres venían flojos; ahora directamente andan. ¿Qué pasó
en el medio?
-En ese entonces yo hablaba de nuevos hombres que no
venían cómo antes. Ahora, diez años después, ya está
declaradísimo. Este libro es como un consuelo. A la mujer
que lo lee le hace pensar: “No soy la única pelotuda (sic) a
la que le pasan estas cosas”. Tengo amigas que se ven
reflejadas con el caso de la “sorda voluntaria”, que es la
mujer que sale con un tipo que le plantea que no quiere nada
serio pero ella no lo quiere escuchar. Entonces se pasa años
con ese fulano, hasta que un día le da una patada y se casa
con la primera que encuentra. Ése y otros casos los vi
tantas veces que me di cuenta que es un síntoma de la
sociedad. Pero lo peor es que no es un tema exclusivamente
porteño. Pasa en España, porque ahí el libro se vendió una
barbaridad. Es lo que se dice pinta tu aldea y pintas el
mundo.
-Se dice que a las mujeres, en
el amor, les gusta que las lastimen.
-En este libro y en Cómo vivir con neuróticos
cuento eso, que es una sintomatología tan patente. La
sociedad le tiene bronca a las mujeres desde tiempos
inmemorables. En-tonces se han dedicado muchas generaciones
a someter prolijamente a la mujer que tengan cerca, porque
además se percibe que tienen mucha capacidad. Y lo ves en
las cosas más sencillas, como poder hablar con alguien,
atender el teléfono, revolver la olla y evitar que el nene
meta los dedos en el enchufe. Eso un tipo no lo hace. Y hay
otra cosa: las mujeres, hagan lo que hagan, siempre se
sienten muy culpables. Siempre piensan que podrían haber
hecho más.
-¿Cómo es eso?
-Si vas por el mundo con el discurso de que las mujeres
tienen la culpa de todo, ganás. Ellas se quejan de que los
hombres son machistas, pero al mismo tiempo reconocen que
los crían así.
-¿No sirve adularlas?
-No, porque no se lo creen. Ellas piensan: “Yo no puedo
estar con un tarado que no se dé cuenta que soy un desastre,
una inepta”. Los que sí se lo dicen son inteligentes y por
eso los buscan. Además, eso de estar con alguien que las
maltrata les sube la adrenalina, porque no saben cómo va a
reaccionar, con qué las va a criticar. Y se acostumbran a
que esa adrenalina sea sinónimo de “¡ay!, qué romance que
estoy viviendo”. Y en todo eso se terminan confundiendo las
palpitaciones de amor con las de terror. No están
enamoradas, están cagadas (sic) de miedo. Por eso también
están tan publicitadas las campañas contra la violencia
doméstica.
-¿No estaría mejor buscar el romance
al estilo Hollywood?
-Generalmente la gente, como le pide mucha adrenalina al
mundo actual, cuando llega a eso que vos decís se plantea:
“Ya no lo amo, esto tiene que terminar”. Cuando a mi me
parece que lo que deberían hacer es darse la chance que
tuvieron nuestros abuelos de cambiar esa situación de
adrenalina por otra cosa. Un estado de no estar apasionado
pero sí una relación de confianza, compañerismo, ternura,
gratitud. La gente que quiere vivir siempre enamorada está
equivocada. Va a los tumbos por la vida, se divorcia 400
veces y te dice a los 60: “El matrimonio no es para mí,
mejor estar solo. Los amores no se me dan”.
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-Vos decís que los
hombres andan flojos. ¿Qué pasa con las mujeres?
-La mujer tendría que discernir los momentos en los
que se pueden cambiar cosas y en los que tiene que
pararse y aceptar lo que ya no se puede hacer nada.
Tenemos unas reglas de juego espantosas, en la vida
nos tocaron las peores cartas. El desafío está en ver,
con esas cartas malas, qué puede hacer. Por suerte las
mujeres son sobrevivientes natas. Tienen en los genes
eso de pilotearla con dos mangos, caminar cincuenta
cuadras para encontrar los tomates de oferta. |
MEDIAS

..........................................AFRICA |
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-¿Estás trabajando en algún
libro?
-Estoy escribiendo algo para España, que si anda bien
después lo publicarán acá, sobre la infidelidad, que es otro
de los grandes fantasmas que la mujer ve en los hombres. Ese
típico pensamiento de si “le meten los cuernos”. El mayor
miedo de la mujer es ser fácilmente reemplazable por otra. Que
todo lo que invirtió en una relación desaparezca de un día
para el otro.
-Pensamiento que comparten con
los hombres.
-Pero no la mujer no la tiene tan fácil. Esta más vigilada
por papá, mamá, el jefe. Está más entretenida con los
embarazos y los hijos, las compras y la escuela. No tienen
mucho tiempo libre. Salvo que tengan mucama, pero un
porcentaje mínimo de la población la tiene. Un hombre, en
cambio, se va a trabajar y no sabés a dónde fue realmente.
-A modo de cierre, ¿qué
recuerdos tenés de Ciudad Jardín?
-Mi familia era de San Isidro. Vinimos porque había unos
créditos muy blandos del Banco Provincia. Viví hasta el '82,
cuando nos fuimos a Martínez para estar más cerca de mis
abuelos. Pero toda mi historia está en Ciudad Jardín. Cada
vez que vuelvo siento nostalgia y me encuentro que algo ya
no está, como Takú o el cine Helios. Encima, todos mis
amigos se quedaron y eso me hace sentir una oveja negra por
haberme ido
.-¿Y porqué no volver y dejar
de serlo?
-Siempre busco un barrio que sea “muy Ciudad
Jardín”, que se pueda caminar por la calle y que los autos
se tengan que correr para no pisarte. Que tenga verde y los
techitos de tejas, con pocos edificios. No descarto volver.
También pasó que Ciudad Jardín se convirtió en un lugar
inmobiliariamente caro.
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