El palomarense (ex jardinense también) Omar Donizetti
podría haber seguido contando chistes en esa tarde
en que se reunió con Guía Palomar. Chistes
que reflejan la época dorada del humor gráfico
argentino que a él le tocó vivir, crear
y disfrutar. Pero, capuchinos de por medio, preferimos
poner un poco de seriedad, como habíamos pactado
antes de la entrevista. No resultó nada fácil
con alguien que pasó más de 40 años
de su vida escribiendo humor. Su rostro serio, cubierto
por una barba encanada, oculta una cantera del ingenio
que él descubrió casi por casualidad y un
poco de buena fortuna. Le cuesta arrancar cuando se le
pide que cuente un chiste. Pero, una vez encarrerado,
es difícil pararlo.
Material no le falta:
escribió para casi todos los medios gráficos
de su época, y unos cuantos radiales, chistes y
frases que se cuentan por miles.
Ya con el grabador encendido, Donizetti, que llegó
a la reunión armado de varias revistas donde publicó
y unas cuantas fotos, empezó a narrar su maratón
del humor.
Carcajadas en los pasillos
del Avellaneda
Había nacido en Rosario, en los tiempos en que
se la conocía por el triste apelati-vo de La Chicago
Argentina, allá por el ´34. Su padre era
trompetista justamente de una orquesta que se llamaba
La Chicaguito. En el ´40 la familia se instaló
en Buenos Aires. Cuando arrancó el primario, Donizetti
empezó a mostrar la hilacha: "Me
la pasaba leyendo Rico Tipo (revista humorística
emblemática en aquel entonces) y Patoruzú.
En la radio siempre tenía sintonizados Gran Pensión
el Campeonato, El Relámpago o La Cruzada del Buen
Humor. Todo eso se notaba en mis narraciones para el colegio,
que siempre versaban sobre el humor".
El secundario, en el Nicolás Avellaneda, fue un
dolor de cabeza para sus com-pañeros. Siempre se
la pasaba haciendo imitaciones de los profesores o celadores
y las carcajadas sonaban en todos los pasillos. "Más
de una vez, los profesores se enteraban y mis compañeros
la ligaban. Pero nunca ninguno me mandó al frente",
cuenta.
Yuste, el trampolín
inesperado
Cuando se recibió en 1952, y "para
hacer unos manguitos para los carnavales",
entró de cadete en la agencia de pu-blicidad Yuste.
Tenía que ser algo temporal antes de
empezar
Arquitectura en la universidad. Pero se terminó
quedando y fue ascendiendo hasta ocupar puestos importantes
en varios departamentos. Ahí siguió haciendo
de las suyas, esta vez con sus compañeros de oficina
como público. Hasta que un día se le ocurrió
empezar a escribir todo lo que se le ocurría "para
él mismo". En 1967, cuan-do ya había
acumulado una carpeta con material, se lo acercó
casi de casualidad a uno de los directores de la agencia
simplemente para "tener un comentario".
Viendo que era algo que se podía explotar, lo pusieron
en contacto con la revista Gente, donde ya estaba trabajando
el célebre Carlos Fontanarrosa, un ex miembro de
Yuste. Donizetti escribió unas 25 frases humorísticas
para un suplemento sobre transporte. La acogida fue excelente:
"Después de
salir el suplemento -cuenta-,
un día subo a un colectivo de la línea 39
y veo que el chofer se había tomado el trabajo
de recortar las frases, pegarlas en un cartón y
colgarlas.
Ahí pensé: "Me parece que tendría
que ser humorista´".
Carrera abierta al talento
Después del éxito en Gente, las puertas
se abrieron de par en par solas. Fue Siete Días
Ilustrados y le encargaron la parte humorística
de Joker y Clave de Ja, donde se codeó con grandes
como Quino, Jorge Guinzburg o Carlos Trillo. La estructura
de sus chistes era simple: presentar una cosa normal y
terminarla en "una barrabasada".
Lo cierto es que calaban fuerte y no perdían vigencia.
"A mi nunca me gustó
hacer humor actual. Siempre preferí el atemporal.
Había chistes míos que los hice hace 32
años, los usaron (Alberto) Olmedo, (Jorge) Porcel,
(Javier) Portales y hoy se siguen usando. Los levantaban
de las revistas donde yo escribía",
comenta.
Lo singular era la forma en que Donizetti realizaba su
trabajo. Es que los chistes no se le ocurrían sentado
en un escritorio frente a la máquina de escribir,
como es común en cualquier escritor o humorista,
sino en el subte, el tren o el colectivo. Ni siquiera
los anotaba. Los memorizaba y después los volcaba
al papel en su casa (por entonces ya se había mudado
al barrio) o la agencia.
A principios de los ´70, llegó a sus manos
un ejemplar de la revista humorística cor-dobesa
Hortensia y quedó inmediatamente enamorado de su
estilo. "En Córdoba, el humor es una fruta
que está en los árboles. Hasta el mozo de
un bar es humorista", explica con algo de nostalgia.
La experiencia que había acumulado le facilitó
la entrada a esa revista medite-rránea:
"Toqué el
cielo con las manos, porque Hortensia era mi Norte. Encima,
cuando sale el ejemplar, uno de mis chistes lo habían
graficado y puesto en la tapa. Eso fue el zumum",
se exalta.
De los días de radio
al "basureo" de Mengano
De Hortensia surgió que lo contrataran en 1974
para el radial Rivadavia con Todos. Era un programa de
actualidad que necesitaba un toque de humor. El conductor
Leopoldo Costas tenía cierta relación con
Hortensia y necesitaba armar un equipo de 10 humoristas.
Se fue a Córdoba y allá le dijeron:
"Para qué te venís acá
si lo tenés a Donizetti en Buenos Aires".
El programa duró diez meses y en él escribía
10 chistes por día. Ahí conoció a
Carlos Marcucci, que con Trillo, Alejandro Dolina y Osvaldo
Soriano armaron la revista Mengano, donde lo invitaron
a participar. En Mengano tenía su propia sección
que se llamaba Basura. Pero la revista duró sólo
un año. "Pretendimos
hacer un Satiricón menos sucio y tendríamos
que haber hecho un Rico Tipo más jugado",
reflexiona. A esas fallas se le agregaba la censura que
empezaba a sufrir el humor ante una democracia que se
desmoronaba.
Una competidora para Lolita
Siempre trabajando con grandes, Donizetti recaló
en La Tarde, de ese genio periodístico (aunque
también bastante discutido) que era Jacobo Timmerman.
"Ahí había
que crear un personaje que fuera lo opuesto de la Lolita
de Crónica. Y me tiraron el paquete a mí.
Creamos a Virginia, una piba hermosa y rescatada. La empezamos
de cero y cada día le íbamos agregando cosas. Pero
todo se tenía que resolver en un cuadrito, a diferencia
de los tres o cuatro de Lolita. Pero La Tarde duró
solamente un año", se lamenta.
Humor, años de plomo
y democracia
Los tiempos de la Dictadura no fueron fáciles para
las revistas humorísticas. Donizetti, sin embargo,
tuvo la suerte de recalar en Humor y luego en Sex Humor,
geniales creaciones de Andrés Cascioli que fueron
de las pocas que no vacilaron en jactarse de los traspiés
que el régimen militar daba a principios de los
´80. "Sex Humor
no era muy cómodo para mi porque me gustaba hacer
humor para la familia, limpito. Por eso, cuando llegaba
la revista a casa, la escondía para que no la vieran
mis hijos", comenta.
A esas alturas, el humorista se había hecho tan
conocido que no le costó integrarse a la Tía
Vicenta de Landrú (la misma que había "osado"
decirle La Morsa al ex dictador Onganía) y al mismo
tiempo retomar Hortensia, su gran amor cordobés.
De esa publicación le fueron saliendo pedidos para
trabajar en suplementos de diversos diarios del interior
del país. Trabajo, en fin, no le faltaba.
Difícil es retirarse
Los cambios culturales de los ´90, más la
brutal recesión de fines de la década, fue-ron
relegando esas publicaciones hasta hacerlas desaparecer.
Durante aquellos años Donizetti tuvo algunas participaciones
en Clarín, el programa televisivo Café Fashion
y hasta le hizo algunos chistes teatrales a Jorge Corona
y Nito Artaza. En 1997 se retiró de Yuste, a la
que nunca abandonó pese a su éxito mediático,
y algunos años después se jubiló.
Jubilado es sólo un decir para el humorista.
"No me puedo retirar
del humor, lo tengo incorporado en mí",
explica. Tal es así que, semana tras semana, y
como para no perder práctica, Donizetti crea nuevos
chistes que se pueden disfrutar pegados en las paredes
de una conocida parrilla de Palomar, donde nunca falta
un comensal que, como en los tiempos del Avellaneda y
de Yuste, estalle a carcajadas escuchando las anécdotas
del humorista.