..junio 2006

Arrancó allá por 1988 dándole a la batería en su casa de la calle Calicanto. Con unos amigos había formado una banda que era la pesadilla de los vecinos. Fueron pidiendo pista y los vio tocar el desaparecido bar Always (al lado de la escuela 28), el colegio Rivadavia y el club Afalp. A la agrupación la llamaban Los Piojos.

Todos sabemos como siguió la historia: crecimiento imparable, estadios copados, muchos discos, Maradona acompañando, soportes nada menos que de los Rolling Stones. Pero el chico de la batería de la calle Calicanto, Dany Buira, se había bajado del tren en el 2000. O mejor dicho, prefirió seguir solamente en el que había arrancado por su cuenta en el ´98, con otro nombre y apellido: la escuela de percusión La Chilinga.

Nada de rock acá. Todo tambor, percusión, baile y expresiones sociales. La batería la dejó reservada para los escenarios, sí. Pero ahora acompañando a otro que también decidió salirse de una banda, el cantante Vicentino.

¿Qué necesidades ves en la gente que se acerca a la Chilinga?
Hay de todo. Uno lo que busca, al principio, es aprender a tocar el tambor. Y de ahí se disparan un montón de cosas. Una de las cosas fuertes que tiene la Chilinga es que los que tocan no son ni africanos, ni cubanos ni brasileños. Puede ser tu vecino. Y eso ya es fuerte. La gente ve a sus vecinos en otro rol y dice: “Ah, yo también puedo”. Se le fue sacando a la batucada esa suerte de impronta extranjera que tenía hasta hace unos años.

¿En qué se diferencia la Chilinga de las murgas, más allá de que compartan muchas cosas en común?
Creo que tiene que ver con que yo nunca estudié murga. Entonces nunca me animé a enseñarla. Hay otra realidad: la murga es un fenómeno que tiene ese estandarte propio de “somos la murga de tal barrio”. Son como clubes. Y hasta se pelean a veces entre ellas. Y quizá si la enseñáramos no rendiría porque esta escuela no es de ningún barrio.

Pero sí se identifican con temas sociales importantes y con las agrupaciones que los representan, como H.I.J.O.S (una de las líneas que nuclea a los hijos de desaparecidos durante la Dictadura)
La percusión siempre estuvo ligada a lo popular y lo social. Yo te pongo una guitarra y no sé si la tocás. Pero te doy un tambor y seguro que te quedás pegándole. En cuanto a H.I.J.O.S, nos formamos prácticamente al mismo tiempo. Me sorprendió la búsqueda de ellos y me hice muy sensible a sus problemas. La pelea que ellos brindan, y la forma en que escarchan a los milicos y la policía, son inteligentísimas. Y con las Abuelas siempre estuvimos ligados también. No se puede escapar a esa realidad. El que lo hace es un salame.

¿Cuándo estabas en Los Piojos qué ideas querías transmitir?
El mío era el aporte no rockero, por decirlo de alguna manera. Después de que me fui, la banda se hizo más rockera. Más allá de que las decisiones eran grupales, mi contribución podía hacer que canciones pensadas como de rock terminaban siendo otra cosa, tal el caso de Verano del ´92. Pero mi necesidad superaba alguna canción ocasional.

¿Eso te decidió a seguir por tu cuenta?
Fue una de las tantas. Tenía una necesidad de hacer cosas más allá de ensayar y tocar temas de rock. Y, viéndolo con los años, no es casual que el único que tenía un proyecto alternativo, abierto y grande era yo. Igual la batería para mí es imposible de dejar. Por eso hace cuatro años que estoy con Vicentino.

¿Qué te parecieron los festejos por el 24 de marzo?
Me dolió un poco la discordia con las Madres y Abuelas. Me da la sensación que es un retroceso. Uno ya sabe que la izquierda tiende a pelearse y separarse. Pero no era el marco adecuado. El acto era para recordar los 30 años del Golpe y se tocaron temas que, se sabía, iban a agredir a las Madres y Abuelas. Ese cierre amargó lo que fue un acto muy emotivo donde la Chilinga llevó más de cien tambores y 70 bailarinas.