Enfrente
de mi casa había un campito. Un triangulo formado
por tres manzanas. Una grande, cuadrada, otra medio triangular,
y una mas chica, al fondo, el triangulito. El lado más
largo de este campo estaba surcado por una calle de tierra
y a la izquierda de esta se extendía una franja de
terreno que terminaba en el alambrado del Colegio Militar.
Esta
no era mas que los surcos de las ruedas de los autos que
por ahí se aventuraban, generalmente de noche, con
parejas ansiosas de cariño dentro, mas las bicicletas
y algunos transeúntes. Las bicis para entonces se
dividían entre las rodado 20 con portaequipaje, y
las inglesas rodado 26 o 28. Las modificaciones podían
ser muchas, cortarle el guardabarros trasero y levantarlo,
sacarle los frenos para frenar solo con los pies sobre la
goma, como hacia Mague, o tener un asiento banana como el
de Charly. Siempre había alguno de dudoso gusto que
agregaba cintas a los manubrios.
Aparte
de pistas para bici, el campito tenia tres canchas de fútbol.
La más grande, con arcos hechos con postes de teléfono
de esos que te llenaban de astillas, muy firmes. Por algún
misterio irresoluto nunca tenían travesaño,
se había puesto alguna vez hilo zizal o tirado algún
palo pero nunca duraba, así que la indefinición
en la altura del arco generalmente servia para que los grandes
terminaran los partidos cagándose a trompadas.
Me
acuerdo de ver a uno sacando de debajo del asiento de su
moto una manopla. En esos polvorientos encuentros corría
Joe con sus anteojos oscuros de culo de botella y su camiseta
apretada de Gimnasia Esgrima, detrás de un balón
por siempre esquivo.
Los
mas chicos jugábamos en esa cancha grande algún
día de semana, desde la siesta hasta que la pelota
dejaba de verse. Para entonces el polvo nos cubría
de pies a cabeza, pegado al sudor.
Entonces
alguno hacia caso del tercer grito de la vieja que llamaba
a bañarse y a comer. Adentro! se escuchaba después
de preguntar "que pasa", en un grito hacia arriba,
como si la voz pudiera describir un arco y caer lejos como
una piedra, en una pregunta que ya conocía la respuesta,
la misma de ayer a esa hora, la misma de mañana.
Y
se llevaba uno el polvo para la ducha. Los de mas suerte
o temeraria sordera nos quedábamos un poco mas, con
un partido trunco por la huida de la luz y las bajas entre
los jugadores, conversando sentados, casi siempre sobre
fútbol, o de alguna vecina que se nos antojaba atorranta,
ya que nunca teníamos prueba alguna en tal sentido.
En
algún momento alguien escupía en un manojo
de polvo y después lo tiraba para arriba, tratando
de que sin querer le cayera a alguno en la cabeza. Así
combatimos contra uno que apodamos "el mutante",
por unos monstruos que luchaban contra Mark, de la revista
"El Tony", bastante parecidos, que nos corrió
por toda la cancha y después no volvió mas.
Una vez me lo encontré por la calle y me contó
que el sueño de su padre siempre había sido
tener rulos y ser cantante de tango.
Cuando
promediaba el verano y el calor era asfixiante y los días
se habían sucedido unos cuantos sin lluvia, los cardos
que cubrían enormes porciones del campito estaban
listos para una de las actividades mas interesantes de nuestras
vacaciones.
Generalmente
fumábamos tosiendo algún pedazo de cardo como
si de un exquisito puro cubano se tratara, haciendo comentarios
como "tengo un primo que fuma cáscara de banana",
y acto seguido prendíamos fuego a todo el lugar.
Buscábamos algún palo de escoba o similar
que nunca faltaba e incrustándolo en el pico de una
botella de lavandina o detergente, envolvíamos esta
en algunos plásticos y encendíamos la pira.
Ffffuit, fffffuit, chuic, fffffffuit, ui, ui, fui, fffuit.
Cada
gota de fuego era el comienzo de un foco. Los cuatro jinetes
del Apocalipsis corríamos llevando el infierno a
nuestro paso. En pocos minutos todo era una pared de fuego
de casi cuatro metros de altura (los cardos median mas de
dos), y el calor brillante resplandecía en nuestros
cachetes sonrientes y en los ojos alucinados, parados al
otro lado de la calle, en la cancha grande, soportando el
calor, listos a rajar ante la llegada de los bomberos.
Un
día apareció una maquina. Una pala mecánica.
Nos hicimos amigos del que manejaba y cuando se iba subíamos
y movíamos las palancas. Empezó por la calle
larga. Después apareció otra bestia metálica
con un gran peine adelante, mas tarde cambiado por una hoja
de acero. Llego un rodillo enorme. Venia a aplastar definitivamente
nuestro campito. Por entonces no nos dábamos cuenta.
La calle era lo primero. Para valorizar los lotes. Jugamos
lo que pudimos con el progreso.
Rompíamos
los alambrados y seguíamos armando partidos en canchas
cada vez mas reducidas. En caricaturas de aquellas a las
que estábamos acostumbrados. Un viejo se sentó
con una mesa delante y un cartel detrás y vendió
todo. Ahora los dueños alambraban. Y edificaban.
Hacíamos guerras con cantos rodados, con rifles de
aire comprimido, entre las casas.
Saltábamos
a la montaña de arena, desde el segundo piso de los
duplex. Fumábamos los primeros cigarrillos en las
habitaciones sin ventanas. Mirábamos las estrellas
desde los techos sin terminar. Rompíamos los ladrillos
huecos. La calle nueva, asfaltada, fue escenario de esforzados
partidos de paleta, de largos campeonatos de formula uno
rellena de masilla y de encarnizados combates de box.
Todo
al ritmo de Vilas, Reutemann y Mano de Piedra Duran y Sugar
Ray Leonard. Nuestros juegos iban adaptándose a los
cambios que sufría el lugar, pero el lugar iba lenta
e inexorablemente desapareciendo.
Nos
metíamos en el camión cisterna que regaba
de agua a las nuevas calles a asfaltar, repleto de un agua
oscura y caldosa, y pasando sumergidos por un agujero circular
de unos cincuenta centímetros de diámetro
que estaba a media altura, íbamos por los compartimentos
semi-estancos, saliendo a respirar a oscuras en los diez
centímetros de aire que quedaba entre el agua y la
chapa.
La
sensación era extrañísima, en la negritud
total y con el eco potente del agua y la respiración.
A eso había que sumarle la explosión de los
violentos ladrillazos que desde afuera los amigos hacían
estallar contra el tanque en cuestión, y uno los
imaginaba cagándose de risa mientras la boca cual pez limpia
fondos buscaba desesperada un sorbo de aire y la mente se
concentraba en la tarea de relajarse.
Un
verdadero desafío a los nervios. Teniendo en cuenta
que el tanque tenia tres divisiones y cuatro espacios, con
los agujeros comunicantes en zig-zag, llegar al final tomaba
su tiempo. Allí era menester golpear la pared dejando
constancia de que la hazaña había concluido,
si bien faltaba volver. Para nosotros en una misión
al Everest lo importante era llegar a la cima, nadie preguntaba
como se bajaba o si los tipos bajaron, se quedaron a vivir
o se cayeron por un precipicio.
Así
que cuando me toco, que solo tres lo hicimos de los seis
o siete que éramos, me di cuenta de la importancia
del regreso al llegar al objetivo planteado. No pude mas
que putear por lo bajo los cascotazos que llovían
festejando mi llegada al cenit, al pináculo de la
gloria.
Me pareció, mientras descansaba apenas, que el aire
era menos, o que estaba viciado. Hay que tener en cuenta
que el camión estaba al sol un día tras otro,
y que el agua estaba realmente caliente. Me sumergí
y pase al tercer compartimiento, y en lugar de subir a tomar
aire, quise pasar directamente al segundo, pero en el orificio,
por donde solo se pasaba estirando los brazos hacia delante
para que los hombros cupieran, quede enganchado al no extenderme
lo necesario.
Supongo
que habrán sido unos segundos, pero fue suficiente
para que muriera ahogado y después el camión
me regara en la calle que llevaría mi nombre en un
solemne acto en el cual todas mis compañeras de colegio
llorarían desconsoladamente, y mis amigos harían
lo mismo, pero de forma apenas disimulada susurrando "era
un valiente".
Zafe
por suerte enseguida y salí desesperado a respirar
en el segundo, para sumergirme por ultima vez y llegar a
la especie de escotilla que constituía la salida
con el corazón haciendo mas ruido que todos los piedrazos
que me habían tirado los cretinos que esperaban afuera.
El
viejo sentado a la mesa con el cartel detrás se fue
vendiendo nuestra infancia, hasta el ultimo lote, y los
compradores estuvieron felices de brindarle a sus hijos
dos metros cuadrados de jardín de césped bahiano,
tras las rejas.
Hoy
la calle nueva es mortalmente transitada, y el campito son
bonitas casas y duplex que no sospechan haber sido pisados,
recorridos, meados, trepados, saltados y golpeados desde
los cimientos y antes también, con cómodos
livings allí donde se definieron durísimos
campeonatos de fútbol, donde se armaron chozas de troncos
y paja con suelo apisonado y chimenea, que inevitablemente
quemaría el loco Walter, donde crecían hinojos
silvestres que uno arrancaba y comía.
Ninguno
de los que hoy viven allí deben saber que esa calle
pálida, ancha y sin sombra era un sinfín de
vericuetos, pozos y piedras salientes que había que
conocer para ganar una carrera de bicis, que donde hoy duerme
la nena se hacían las fogatas mas intensas con sendos
troncos a veces de luz, o de teléfono, con maderas
de todo tipo, donde chicos que soñaban juntos, callando
locuazmente o charlando en silencio, en cuclillas, frente
al blanco azul rojo naranja amarillo gris de las brazas,
bajo un cielo mucho mas profundo y poblado de grillos que
el que hoy se respira.