Elegir un libro tiene mucho que ver con lo sensual, con
el acercamiento al cuerpo, acariciar lentamente las páginas,
sentir la seda en el dorso de la mano. Dejarse perfumar
por la tinta y que el roce de la trama nos lleve de la mano
hacia otros mundos, otros tiempos y nuevos amigos u oponentes.
Tenemos
tantos ritos y tantas maneras de saborear nuestro encuentro
con el libro que podemos armar tantos modos como lectores.
Existen quienes prefieren demorar el encuentro y revisan
palmo a palmo la vidriera y beben a sorbos cada detalle
de aquellos que exponen desenfadadamente su desnudez ante
la muchedumbre. Existen quienes saltan este escalón
y pasean entre los estantes y se vuelven atentos al susurro
sordo de aquellos que sólo quieren un nuevo escenario,
una nueva casa adonde vivir.
“Llevame, llevame a tu casa... dejame entrar en contacto
con vos, dejame ser quien te enseñe cosas, quien
te muestre mundos, quien te permita pensar, sentir, gozar...”
Siempre se repite el rito del encuentro. Sin embargo toda
esta realidad que se puede encontrar en cada librería
de Buenos Aires o de cualquier ciudad es cada vez más
escasa.
“Llevame,
llevame a tu
casa... dejame entrar en
contacto con vos, dejame
ser quien te enseñe
cosas, quien te muestre
mundos, quien te permita
pensar, sentir, gozar...”
Es
común encontrarse con una multitud de adultos que
se quejan del nivel pavoroso de la realidad educativa, de
la carencia de formación literaria de los jóvenes...
y de los demás adultos.
En la provincia de Buenos Aires existe una porción
del 47% de la población que no pisa ni siquiera una
vez por año una librería. Del resto, un 24%
satisface sus necesidades literarias mediante la institución
“biblioteca”.
¿Es entonces el problema de la carencia de lectura
un tema económico? No ciertamente, porque las bibliotecas
no rebosan de concurrentes aún cuando su uso es gratuito.
Muchas veces es dable escuchar “no leo porque no tengo
tiempo”. Es falso. La mayoría de la gente que
más lee es aquella que menos tiempo libre tiene,
eso es una señal de voluntad.
Un ejemplo: un promotor de editorial me dice que meses atrás
dejó en manos de un docente un libro que le fue devuelto
luego de ocho meses virgen de lector. Puestos leer ese mismo
texto y cronometrando el hecho, la lectura dura solamente
quince minutos. ¿Cuál es la clave entonces?
No nos permitimos la tranquilidad de espíritu para
la lectura. Porque la lectura es una actividad silenciosa
(silencio: tesoro cada vez más escaso) que nos acerca
a un milagro cada vez más infrecuente: el encuentro
con nosotros mismos.
¿Acaso le tenemos miedo a ese encuentro?
Creemos
que con la dureza de los tiempos que atravesamos este encuentro
no sólo es necesario, es imprescindible para nuestra
propia salvación, para el reencuentro con aquello
que alguna vez perdimos y que extrañamos. Que como
sociedad es evidente que necesitamos.
Es necesario retroceder en el camino y buscar qué
se nos ha caído, qué de valor dejamos atrás.
Creemos que la lectura nos permite ese reencuentro.
Por
ello leer es un acto de resistencia.
No nos olvidemos renovar ese rito.