El
joven Angel Merlo se detuvo un instante en el andén
de la estación Caseros, por el cual se paseaba hacía
largo rato, y extrajo de uno de los bolsillos de su atildada
vestimenta de galán del 900, una tarjeta del ferrocarril
Buenos Aires al Pacífico.
Detuvo
en ella su vista mientras del bolsillo del infaltable chaleco,
típico de aquella época, extraía un
voluminoso reloj de oro, aquella mañana estival del
febrero de 1903. Reloj y horario demostraron incuestionablemente
que el orgulloso ferrocarril inglés estaba faltando
a sus más elementales deberes con el único
pasajero que necesitaba utilizar sus servicios, quien llegó
a la estación agitado y sudoroso para comprobar,
que su reloj estaba adelantado treinta minutos, lo cual
significaba media hora de plantón a la espera del
tren; saludó al solitario y soñoliento jefe
de la estación con la solicitud debida, en esos tiempos
en que la buena educación era patrimonio de ricos
y pobres, y cambió con él interminables consideraciones
sobre el estado del tiempo, pagó los veinte o treinta
centavos que tal vez costara el boleto de ida a Retiro.
Nuestro amigo se armó de paciencia y miró
en el dorso de la tarjeta la salida de los trenes desde
Retiro, para poder calcular que tren podía tomar
al cabo de tres o cuatro días de permanencia en la
Capital. A las 9,42 PM (así decía en la tarjeta)
salía un tren con destino a las estaciones suburbanas.
Al final de la línea correspondiente había
una letra V que indicaba que el tren pararía en esa
estación, sólo sí había pasajeros
en ella. Quién habría de decirle al joven
Merlo que cien años más tarde contemplaríamos
esa mezcla de pasajeros con tren, como confirmación
de la teoría darwiniana sobre los antepasados del
hombre.
Y bien; en eso estaba nuestro viajero cuando oyó
pasos que se aproximaban por el andén, y levantando
la vista reconoció a otro joven de la época,
José Mary, que se acercaba sonriente a estrecharle
la mano.
“No,
no viajo”, expresó Mary sonriente; “vengo
en misión periodística, en mi carácter
de redactor del semanario “Leader”, publicación
semanal que vió la luz en Caseros allá por
el 1902 o 1903, y cabe suponer que haya sido la primera
manifestación del periodismo en nuestra zona. Este
semanario circulaba de mano en mano, pues se confeccionaba
en manuscrito, en unas cuarenta páginas sobre papel
“romaní”, escritas e ilustradas en colores
a mano.
Su material, en prosa y en verso, abarcaba desde los temas
más serios hasta el chiste ilustrado. Contenía
diálogos festivos, co-mentarios de actualidad, poesías
en serio y en broma, temas históricos, notas sociales,
correo, etc, en fin todo ese manantial de temas típicos
de las publicaciones de pueblo, llenas de sabor local, que
haría, sin duda alguna, las delicias de aquellas
gentes enclaustradas en aquellas soledades.
Tengo en mis manos un ejemplar del viejo semanario. Precisamente
el que lleva fecha 3 de febrero de 1903, en cuya sección
“Vida Social” aparece una nota que reza así:
“El martes 3 de febrero se ausentó para la
Capital Federal, el simpático joven Angel Merlo.
Creemos que su ausencia será breve.”