Ariel
 

Recuerdo un cuarto de hora de recreo en la escuela Bernardino Rivadavia. ¡Un cuarto de hora!. Era larguísimo, casi infinito; había tiempo para inventar un juego, jugarlo, terminarlo y empezar otro.

Ahora cuando me quiero acordar, no he hecho nada y han pasado dos horas. Simone de Beavoir sostiene que esto sucede, entre otras cosas, porque durante la infancia todo es nuevo: el sabor de las comidas, el calor extremo, el frío intenso, un juego recién descubierto....”cuando llegamos a cierta edad, pocas cosas nos sorprenden, la conciencia no se detiene en ellas.” 

Si pudiéramos lograr que la vida retomara el ritmo de cuando éramos niños sentiríamos quizá que la eternidad es posible. Si los próximos diez años duraran lo que duraron entre nuestros 10 y nuestros 20 nos sentiríamos cercanos a la inmortalidad.
Son las 9 de la mañana y el Profesor Payardó nos traslada a Europa, en sus proverbiales clases de geografía, el sol se filtra por las ventanas del primer piso de esa mañana otoñal y la Avenida Matienzo está casi desierta.

Puedo recordar a mis compañeros sentados en el aula haciendo planes para ir a jugar al fútbol al “correo” después de almorzar, o a bailar a A.F.A.L.P. el sábado por la noche. Puedo recordar el sabor del primer beso o las discusiones con los “chicos” para cambiar al mundo.

Planear un viaje a Mar del Plata para cuando seamos más grandes.... las clases de gimnasia en el “campito” de Udet, donde hoy vivo (como podría haberlo sabido!) Pedacitos de tiempo guardados para siempre en mi memoria. En este juego de recuerdos, cada rincón de Ciudad Jardín tiene el suyo. Y en cada recuerdo parece que el tiempo se detiene.

Pero detener el tiempo es imposible. Entre otras cosas, por que cuando teníamos 13 años, no habíamos hecho ninguna elección, tomado ningún camino. No éramos ni abogados, ni escritores ni astronautas. No habíamos cerrado ninguna puerta. El mundo y nosotros éramos pura promesa.

 

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