Si
pudiéramos lograr que la vida retomara el ritmo de
cuando éramos niños sentiríamos quizá
que la eternidad es posible. Si los próximos diez
años duraran lo que duraron entre nuestros 10 y nuestros
20 nos sentiríamos cercanos a la inmortalidad.
Son las 9 de la mañana y el Profesor Payardó
nos traslada a Europa, en sus proverbiales clases de geografía,
el sol se filtra por las ventanas del primer piso de esa
mañana otoñal y la Avenida Matienzo está
casi desierta.
Puedo
recordar a mis compañeros sentados en el aula haciendo
planes para ir a jugar al fútbol al “correo”
después de almorzar, o a bailar a A.F.A.L.P. el sábado
por la noche. Puedo recordar el sabor del primer beso o
las discusiones con los “chicos” para cambiar
al mundo.
Planear
un viaje a Mar del Plata para cuando seamos más grandes....
las clases de gimnasia en el “campito” de Udet,
donde hoy vivo (como podría haberlo sabido!) Pedacitos
de tiempo guardados para siempre en mi memoria. En este
juego de recuerdos, cada rincón de Ciudad Jardín
tiene el suyo. Y en cada recuerdo parece que el tiempo se
detiene.
Pero detener el tiempo es imposible. Entre otras cosas,
por que cuando teníamos 13 años, no habíamos
hecho ninguna elección, tomado ningún camino.
No éramos ni abogados, ni escritores ni astronautas.
No habíamos cerrado ninguna puerta. El mundo y nosotros
éramos pura promesa.
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