Lejos
de desesperarse o deprimirse cuando fue despedido de su
trabajo, Juan compró una combi modelo 74, la reparó, la
pintó con colores psicodélicos y le colocó la inscripción
CIUDAD JARDÍN CITY TOUR.. Se puede decir que improvisó una
Pyme en menos que llega el telegrama: la organización de
visitas guiadas por el barrio para descubrir sus atractivos.
Al primer tour se presentaron cinco personas: tres ancianos
con pasesinvitación entregados al centro de jubilados, una
dama que necesitaba ir a la calle Baumbach, y se enteró de
que la combi pasaba por allí; y, por último, el hijo
adolescente de Juan, a quien llevó para hacer número. El
paseo comenzó en la esquina de Boulevard San Martín y Los
Aromos.
En este boliche ilustró Juan, en su doble rol de chofer y
guía turístico- debutó el grupo Sumo. Los viejos se miraron
entre sí e intercambiaron miradas de ignorancia y
desinterés. La combi, que fumaba y tosía, ingresó al
boulevard mientras el guía mostraba una heladería:
-Allí se encontraba el cine Helios, que se incendió en 1983
cuando proyectaban la película Gracias por el Fuego. Qué
paradoja.
La señora miraba su reloj. La combi
fatigaba
desordenadamente las aromadas calles y Juan reflexionaba:
-Ciudad Jardín, barrio que sorprende: aquí se pueden
encontrar los dúplex más angostos del mundo, a pocas cuadras
hay una plaza con juegos infantiles sembrada de balas de
cañón en punta. Bah, no me hagan caso… Esa es la casa de la
madre de un músico ganador del Oscar, aquel es el club donde
jugaba al fútbol el director técnico de la selección...
Uno de los viejitos opuso un reparo:
-Joven amigo, esto es un plomazo. Me parece más ilustrativo
conocer aspectos de la historia de Ciudad Jardín. No sé, podríamos
ver por ejemplo los monumentos…
-Los monumentos están bastante deteriorados objetó Juan,
algo apichonado por la objeción-.
-Bueno, podríamos leer las inscripciones que hay en las
placas.
-Se las robaron.
La señora que necesitaba llegar a Aviador Baumbach pidió
permiso para apearse de la recalentada combi porque a ese
paso llegaría el día del juicio. Entonces quedaron cuatro,
más el guía. Y de a pie, porque el transporte sucumbió a sus
propias calenturas. Posiblemente estuviese fundido a estar
por la fumarola que egresaba del capot. El grupo comenzó a
caminar y se les unió un perro grande y viejo. El hijo de
Juan lo reconoció enseguida:
-¡Cabezón! ¿Qué hacés Cabeza?.
-Menotti -dijo uno de los ancianos-. Este perro se llama Menotti, lo conozco bien. Almuerza en la misma carnicería
donde yo compro.
-Donde yo vivo se
llama Cabezón- dijo el muchacho-. Y
almuerza en la despensa de la esquina de mi casa.
Una señora que pasaba por allí le acarició la cabezota al
animal y le dijo: ¿cómo va, Duque? Y le tiró un pan que
extrajo de su bolsa. Parece evidente que Cabezón, Menotti o
Duque almorzaba varias veces al día.
El perro de los tres nombres se integró al quinteto y caminó
junto a ellos como parte de su diario paseo de salud. La
fatiga fue ganando a los excursionistas. Uno de los
jubilados abandonó en la plaza Plate donde el olor a
achuras que salía de una parrilla lo inspiró para comer una
mollejita, aprovechando que estaba fuera del radio de acción
de su esposa. Ahora eran cuatro y el perro. Juan decidió
volver al punto de inicio mientras barruntaba que su flamante
emprendimiento necesitaba ajustes. Su hijo tenía hambre y
los jubilados también.
-Bueno, y como
broche final de este inolvidable tour
introdujo, por fin, el guía-, no quisiera despedirlos sin
antes mostrarles un edificio que forma parte de la historia
grande de Ciudad Jardín, un mojón irreemplazable, un
verdadero ícono de la comunidad, orgullo arquitectónico que
bien han sabido preservar los guardianes de nuestras
mejores tradiciones. Baste pronunciar su nombre emblemático
y comenzarán a sobrar las palabras: “Takú”.
Los cuatro entraron en Mac Donald's y pidieron unos combos
fabulosos. El perro renombrado esperó afuera y algo ligó
después.
|