Teníamos
las dos treinta años cuando nos conocimos. Por esas
cosas del destino, las dos éramos nuevas residentes
de Ciudad Jardín. Coincidíamos en la carnicería
de almirante Plate, en el almacén y en la panadería.
En principio nos unió el comentario elogioso sobre
las pinturas que adornaban cada local, pinturas que eran
alegóricas al rubro. Después las opiniones
sobre los precios, los gustos, la familia de cada una. De
allí pasamos al café o té con ricas
tortas que tomábamos en la confitería alemana
de Plate. Empezamos a caminar por las calles que recién
comen-zaban a estar asfaltadas. Durante los paseos en bicicleta
veíamos cómo se iba levantando y agrandando
nuestra ciudad.
Wernicke era intransitable,
pero la sombra de sus enormes eucaliptos nos amparaban del
calor del verano. Cortábamos camino por los “campitos”
para ir al cine Helios, llevando una linterna; en alguna
que otra columna había un farol que prendía
el primero que pasaba cuando ano-checía. Volvíamos
en grupos grandes cuando perdíamos el colectivo 5
que hacía el recorrido a desgano y sin apuro, jun-tando
coraje en medio de la neblina que bajaba sobre los terrenos
vacíos.
Y fuimos queriéndonos
como dos amigas entrañables, contándonos nuestras
alegrías y tristezas; hasta que un día, regresando
por Pereyra Iraola, hoy Balbín, la encuentro llorando.
Su esposo, con el que había formado una familia aparentemente
muy feliz, le había pedido la separación y
ya no vivía con ella. La calmé como pude,
la acompañé hasta su casa y no volví
a hablar con ella pues se negaba a verme, encerrada en su
dolor no permitía que la visitara.
Pasaron varios meses,
una mañana de primavera, Ciudad Jardín florecía
en mil colores, yo regresaba de Boulevard con mis compras
cotidianas y veo que ella está parada en la puerta
de mi casa. Nos a-brazamos con alegría aunque percibí
que algo había cambiado.
Volvimos a salir juntas, ahora ella invi-taba a mi esposo
para que nos acom-pañara. Su conducta era normal,
pero me llamaba la atención los agasajos que le hacía
a mi marido, quien lejos de pensar en malicia, aceptaba
todo en nombre de la a-mistad que habíamos tenido.
Llegó un
momento en el que pensé que mis celos y sospechas
eran inconcebibles pero una tarde, estábamos tomando
el té, yo lo servía con una hermosa y redonda
tetera antigua muy bien decorada, al llegar mi esposo por
detrás del sillón en el que yo estaba sentada,
ella se levantó de la silla haciendo un comentario;
por el reflejo de la tetera veo que le da a mi esposo un
beso demasiado cariñoso, un beso en la boca. Quedé
helada ¡miles de sospechas! El co-razón me
latía tan fuerte que no pude to-lerar más
esa situación. Fingí descompo-nerme y me dirigí
a mi dormitorio.
Corté sin
explicaciones nuestros en-cuentros y con mi orgullo lastimado
me dediqué a perseguirlo a él para saber la
verdad. Pude comprobar su fidelidad.
Pasaron los años,
a pesar de seguir viviendo ambas en nuestra querida Ciudad
Jardín no nos vimos más.
Hoy tengo una duda
tremenda, temo haberme equivocado. Estaba sirviendo el té
en las mismas circunstancias con otras personas cuando veo
reflejado en la famosa tetera a mi esposo y al amigo que
nos visitaba, unirse, la misma situación que la vez
anterior. Me di vuelta bruscamente y comprobé que
la distancia entre ambos era normal, en cambio, en la tetera,
parecían juntarse. ¿Me había equivocado?
La duda es muy cruel, a pesar del tiempo transcurrido el
recuerdo sigue siendo doloroso, pero se que ya no tiene
explicación ni expiación .