noviembre 2006


Por Fanny P. de Villarboito

“La Tetera” es un cuento que participó del Concurso Literario que organizamos este año. Fue elegido por el Jurado entre los seis primeros puestos pero lamentablemente al verificar la firma, esta no se encontró. Su autora, la vecina Fanny P. de Villarboito, se acercó y demostró que este cuento era suyo y acá esta, no ganó ningún premio pero bien pudo haberlo hecho.

Teníamos las dos treinta años cuando nos conocimos. Por esas cosas del destino, las dos éramos nuevas residentes de Ciudad Jardín. Coincidíamos en la carnicería de almirante Plate, en el almacén y en la panadería. En principio nos unió el comentario elogioso sobre las pinturas que adornaban cada local, pinturas que eran alegóricas al rubro. Después las opiniones sobre los precios, los gustos, la familia de cada una. De allí pasamos al café o té con ricas tortas que tomábamos en la confitería alemana de Plate. Empezamos a caminar por las calles que recién comen-zaban a estar asfaltadas. Durante los paseos en bicicleta veíamos cómo se iba levantando y agrandando nuestra ciudad.

Wernicke era intransitable, pero la sombra de sus enormes eucaliptos nos amparaban del calor del verano. Cortábamos camino por los “campitos” para ir al cine Helios, llevando una linterna; en alguna que otra columna había un farol que prendía el primero que pasaba cuando ano-checía. Volvíamos en grupos grandes cuando perdíamos el colectivo 5 que hacía el recorrido a desgano y sin apuro, jun-tando coraje en medio de la neblina que bajaba sobre los terrenos vacíos.

Y fuimos queriéndonos como dos amigas entrañables, contándonos nuestras alegrías y tristezas; hasta que un día, regresando por Pereyra Iraola, hoy Balbín, la encuentro llorando. Su esposo, con el que había formado una familia aparentemente muy feliz, le había pedido la separación y ya no vivía con ella. La calmé como pude, la acompañé hasta su casa y no volví a hablar con ella pues se negaba a verme, encerrada en su dolor no permitía que la visitara.

Pasaron varios meses, una mañana de primavera, Ciudad Jardín florecía en mil colores, yo regresaba de Boulevard con mis compras cotidianas y veo que ella está parada en la puerta de mi casa. Nos a-brazamos con alegría aunque percibí que algo había cambiado.
Volvimos a salir juntas, ahora ella invi-taba a mi esposo para que nos acom-pañara. Su conducta era normal, pero me llamaba la atención los agasajos que le hacía a mi marido, quien lejos de pensar en malicia, aceptaba todo en nombre de la a-mistad que habíamos tenido.

Llegó un momento en el que pensé que mis celos y sospechas eran inconcebibles pero una tarde, estábamos tomando el té, yo lo servía con una hermosa y redonda tetera antigua muy bien decorada, al llegar mi esposo por detrás del sillón en el que yo estaba sentada, ella se levantó de la silla haciendo un comentario; por el reflejo de la tetera veo que le da a mi esposo un beso demasiado cariñoso, un beso en la boca. Quedé helada ¡miles de sospechas! El co-razón me latía tan fuerte que no pude to-lerar más esa situación. Fingí descompo-nerme y me dirigí a mi dormitorio.

Corté sin explicaciones nuestros en-cuentros y con mi orgullo lastimado me dediqué a perseguirlo a él para saber la verdad. Pude comprobar su fidelidad.

Pasaron los años, a pesar de seguir viviendo ambas en nuestra querida Ciudad Jardín no nos vimos más.

Hoy tengo una duda tremenda, temo haberme equivocado. Estaba sirviendo el té en las mismas circunstancias con otras personas cuando veo reflejado en la famosa tetera a mi esposo y al amigo que nos visitaba, unirse, la misma situación que la vez anterior. Me di vuelta bruscamente y comprobé que la distancia entre ambos era normal, en cambio, en la tetera, parecían juntarse. ¿Me había equivocado? La duda es muy cruel, a pesar del tiempo transcurrido el recuerdo sigue siendo doloroso, pero se que ya no tiene explicación ni expiación .