En lo que actualmente es Ciudad Jardín, en los alrededores
del monte donde está emplazado El Palomar de Rozas,
los vecinos de Caseros de principios de siglo veinte, solían
hacer picnics. Aquel domingo de 1908 se realizó uno
de esos paseos veraniegos organizado por Don David Magdalena,
quien utilizaba para ese fin los carros del corralón
de materiales de construcción que poseía en
la esquina de Belgrano y 3 de Febrero.
El día caluroso y el entusiasmo de los vecinos, hicieron
que las bebidas no fueran escasas y la fiesta se desarrollara
enun marco de sana alegría, poblada de bromas y canciones.
En
medio de aquel monte al que se llegaba con carros a través
de senderos abiertos entre la maleza - pensar que hoy es
pleno centro de Ciudad Jardín -, pasaron aquel domingo
de 1908 aquellos hombres de mostacho y aquellas mujeres
de miriñaque, hasta la caída del sol, en que,
vueltos a montar en sus rústicos vehículos
iniciaron el regreso sin abandonar la alegría y mucho
menos las alegres canciones.
Todo marchaba a las mil maravillas hasta llegar a las proximidades
del poblado, donde hizo su aparición “l´autoridá”,
representada por “El Rengo”, importante vigilante
que caminando en dos tiempos, detuvo a la caravana con severo
gesto, a la vez que con ronca voz:
-¡”Deanse” todos presos!
-¿Por qué?
-¡Por alterar el orden público!
Las protestas de los acampantes parecieron demostrar al
representante de la autoridad que la razón era poco
sólida en aquellos campos donde el único orden
que se podía alterar era el de las torcacitas, los
gorriones o de las liebres que habitaban por allí,
por lo que se apresuró a agregar: ¡Y además
por que están todos borrachos!.
No era verdad.
Estaban
alegres. Tal vez demasiado alegres, pero borrachos no.
No hubo nada que hacerle. El Rengo se los llevó, con
carros y todo hasta el destacamento. Y allí
hubieron de esperar pacientemente, hasta que Don David Magdalena,
informado de lo ocurrido, intercediera para lograr la libertad
de los detenidos, quienes esa noche tuvieron un motivo más
para recordar entre risas, las peripecias de aquel domingo
de 1908.
Nadie criticó a la policía. Algo tenían
que hacer para justificar su función, en aquellos
lejanos tiempos en que los vecinos de Caseros eran demasiado
trabajadores y honrados como para tener tiempo en darle
que hacer a la policía autoridad que la razón
era poco sólida en aquellos campos donde el único
orden que se podía alterar era el de las torcacitas,
los gorriones o de las liebres que habitaban por allí,
por lo que se apresuró a agregar: ¡Y además
por que están todos borrachos!.