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El
pasadizo secreto
¿un
cuento de ficción? |
Ariel |
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Hace algunos años, bah digamos unos 30, la actual calle
Aviador Fredes llegaba con su asfalto y sus casas en ambas
manos hasta la esquina con Aviador Udet. Allí terminaba
la "civilización" y comenzaba
el "campito de Udet". |
En
realidad se podía seguir por Fredes, ya de tierra
unas dos cuadras más, dentro del "campito"
y al finalizar estaba el "Pasadizo".
Solo era posible cruzarlo a pie, en bicicleta o en moto,
ya que era muy angosto y no permitía el paso de un
auto. El campito terminaba justo contra la quinta (hoy el
Barrio Malibú). De día era un lugar apacible,
en honor a la verdad debo decir que era un verdadero yuyal,
donde dos veces por semana íbamos a hacer "atletismo"
con el profesor Sabal del colegio Rivadavia. Lanzamiento
de jabalina, bala y esas cosas, para que a mitad de año
los elegidos pudiéramos competir, representando a
la escuela, en el torneo que anualmente celebraba el Colegio
Militar.
De noche, se decía, los pibes más grandes
iban a fumar en la oscuridad del campito y que cuando el
patrullero de la comisaría entraba, solo había
que correr hasta el pasadizo y ya estar a salvo. Para hacer
aún más oscuro el lugar, la calle Fredes quedaba
en ese tramo lindera a las caballerizas del Colegio Militar,
por lo que la sensación de estar en medio del campo
era absolutamente completa...
Fue
una noche de otoño. Lo recuerdo como si hubiera sido
justo ayer. Durante el día había estado ventoso,
frío y por momentos nublado. El "profe"
Sabal intentaba, que al menos uno de nosotros lograra un
rendimiento apenas aceptablemente competitivo. Era imposible,
el grupo que conformábamos era de lo peor en esta
materia. El gordo Luis, tiró la jabalina por quinta
vez. Esta voló unos diez metros y aterrizó
grotescamente, entre las risotadas de todos. Más
allá, ninguno del otro grupo lograba un tiempo digno
en la carrera con posta. Al equipo de básquet (en
su mayoría jugadores de A.F.A.L.P) le iba mejor.
Pero nosotros éramos un verdadero desastre."
Con fuerza!!!, como si fueras machito!"
tronó la voz del profe, que desató la carcajada
de los que estábamos ahí. La cara del gordo,
se hinchó y se enrojeció repentinamente, para
los que lo conocíamos, supimos que eso no era buen
síntoma. Luis corrió intentando acompasar
el paso como la técnica de lanzamiento requería,
mientras en la mano derecha empuñaba la jabalina
como para ensartar a alguien. Trastabilló, y cayó
pesadamente al suelo, la jabalina pasó a centímetros
de la cabeza del profe. Desde el piso, con la cara llena
de tierra, pude adivinar un brillo extraño en sus
ojos, mezcla de rabia y descubrimiento. "A
las duchas!" fue la orden que daba por terminado
el entrenamiento. Allí mientras el agua tibia recomponía
nuestras osamentas,
las cargadas no cesaban, todas ponían énfasis
en la ahora dudosa virilidad de Luis.
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Entonces
se hizo un silencio y el gordo dijo: "A
ver...si son tan machitos, como dicen... quien de
ustedes me acompaña a cruzar el campito, esta
noche?. A las 22 hs. voy a estar ahí esperándolos".
Y se cambió y se fue.
Nos
quedamos perplejos, ¿cruzar el campito de noche?,
bueno... seguro que el gordo estaba exagerando.
Desde
nuestros 13 años parecía difícil.
¿Y si lo decía en serio? ¿Que
pensarían nuestras compañeras cuando
se enteraran que habíamos rehuido el desafío?.
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Como
le dije, fue una noche de otoño. Seguía ventoso,
Podíamos ver como las nubes pasaban y la pálida
luz de la luna llena aparecía de a ratos. El gordo
Luis estaba ahí. Con su campera inflable verde, una
mano en el bolsillo y en la otra un cigarrillo Camel apagado.
Eran las 22 en punto. "Gordo",
le dije. "dejate de joder!, vamos a casa...".
Pareció no inmutarse y con el cigarrillo apuntó
al pasadizo, sin emitir palabra.
Todavía no sé por qué, pero empezamos
a caminar. Me detuve y le dije que esperáramos a
los otros. "No van a venir" dijo
impávido. Y seguimos caminando. A los pocos metros
la oscuridad era total, Luis encendió el cigarrillo
y con el último reflejo de la chispa de su encendedor,
pude ver que no estábamos solos. Una figura humanoide
nos cerraba el paso. "¿Adonde creen
que van?" dijo. "No es asunto
suyo" dije intentando que el miedo no me hiciera
temblar la voz. La criatura se acercó y pudimos adivinar
el rostro de una anciana. "Antes de cruzar
el pasadizo, deben saber, que es lo que les pasa a los que
lo hacen de noche....". No pude reprimir una
sonrisa, mezcla de burla y escepticismo. "A
ver, ¿qué?" dije canchero. La
viejita se acercó y como revelando un secreto milenario
dijo: "aquellos que osen cruzar el pasadizo
en otoño, con luna llena, nunca podrán abandonar
Ciudad Jardín....". La miré
con lástima y seguí caminando. El gordo Luis,
se quedó inmóvil. Caminé y caminé
y cruce el pasadizo. Luego volví atrás y llegué
hasta donde estaba Luis. La viejita ya no estaba. ¿Gordo,
por que no cruzaste? Le dije sin entender. Caminamos en
silencio hasta que las luces de Fredes nos permitieron ver
nuestras caras. Luis me dijo, "Chau, mañana
nos vemos en el cole.", y se fue silbando
bajito por Udet. Yo me quedé pensando unos minutos
y me fui.
Hoy, veinticinco años después, recuerdo aquella
noche y pienso: al final me casé con una chica de
Ciudad Jardín, mis hijos nacieron en Ciudad Jardín
y vivo justo en el centro del "Campito de Udet"
en Ciudad Jardín, y no creo para nada que la anécdota
de aquella noche haya tenido algo que ver.
¿El
gordo...? ...Ahh... Hace rato que no lo veo...en 1983 se
fue a España y nunca más volvió.
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