Ariel

Sentado en la vereda de Canela veía pasar la vida por el boulevard, como si estuviera contemplando el manso discurrir de un río muy querido.

Intentaba fijar cada detalle del torrente de coches. Retener las caras, conocidas o no, de los que pasaban a mi lado y llevar en mi memoria el detalle de los techos, los carteles, los toldos, el frente de los edificios.

Las arcadas del viejo Helios, me traían el dulzón recuerdo de las fiestas del colegio, la tibia penumbra de la sala, los mítines políticos en tiempos de Regio, los pocos espectadores de la ultima época, el éxito de “Tango Feroz”.

De mis amigos esperaba guardar sus expresiones asombradas de cuando les dijera que me iba, la decisión estaba tomada. Ya no tenia sentido quedarme rodeado de peligros, sin ingresos seguros, privándome hasta los gustos más insignificantes y, lo peor, sin expectativas de un futuro mejor.
Un lugar, un país que no permite ni la esperanza no puede retenerme.

No pude dejar de recordar antiguas reflexiones de mis viejos que habían roto las raíces con sus barrios para venir a poblar esta ciudad jardín. Pero lo mío no era una simple mudanza con la posibilidad de la visita semanal a los amigos y la familia.
Lo mío iba a ser el exilio. La palabra era demasiado fuerte y me traía la asociación del destierro. Si es cierto que la patria es para cada uno su infancia mi nueva vida seria la de un expatriado.

Esa mañana de domingo veía fluir la vida conocida como quien contempla una mansa nevada, sin viento, y se entrega al presente para atesorarlo porque siente que ya es pasado irrecuperable.

A mis propias vivencias sumaba los relatos de los abuelos que habían bailado en el Astoria o el Molino Rojo y recordaban la rica cerveza de los carnavales en el Borusia, las cenas en Camorra o en el Graf Zeppelín.

Mi decisión estaba tomada, a prueba de dolores por el deseo del regreso, que es como los griegos definían la nostalgia.

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