Las casas maquillan sus ojos y sus bocas. Los árboles crecen majestuosos en el interior de algún living que estaba dormido.

Los buzones, gordos y pintorescos, reciben el alimento de millones de niños con estrellas en la mirada.
Las tardes tienen estruendos salpicados de petardos.

Allá lejos en Palomar, una adorada casa sonríe en el recuerdo. Papá Noel existe. Yo lo vi.
La tormenta era de esa que rompen el cielo.
Los relámpagos y los truenos dominaban la noche.

Nuestras risas, mezcla de nervios y de miedo, castañeaban al ritmo de las luces de bengala. Las horas se tragaban nuestra espera.

Y entonces, desde una mágica esquina, como una ilusión o un deseo, apareció. Todos lo vimos.

Las copas de gaseosa y sidra aguardaban el segundo que marcara las doce.
La lluvia bañaba los vidrios sin cortina... parecía que nos mojaba...

El silencio ocupó la totalidad del espacio. Como temerosos de que
a imagen se esfumara... Doblado en dos por el peso de su barba y de su bolsa, caminando pesadamente bajo unas gotas que parecían no mojarlo. Iluminado por la luz de los relámpagos. Chapoteando en el barro con sus botas cansadas. Con la cara esfumada entre arrugas y patillas. Con el andar lento, detenido en el espacio.

Por un instante los relojes se detuvieron. Los acontecimientos ocurrieron
en otra dimensión.

La magia nos salpicó con luces de colores. La puerta se abrió.
De su roja bolsa se escapó su risa envuelta en paquetes y envoltorios.
Desde un lucero brillante un trineo de luz lo vino a buscar... desapareció.
Muchas Navidades han pasado desde entonces.
Cada diciembre el ritual se repite.
De aquella de Palomar no recuerdo los regalos.
Recuerdo la tormenta, y su andar, y su risa.
Me inunda la emoción. Se me llena el corazón de tanto amor.
Me atrevo a asegurarle a quien no crea:
Papá Noel existe... Yo lo vi.
Papá, gracias por esa imagen que creaste en nosotros.
La nostalgia es una cosa rara que Agiganta las emociones.... Inés.
 

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