Y
entonces, desde una mágica esquina, como
una ilusión o un deseo, apareció.
Todos lo vimos.
Las copas de gaseosa y sidra aguardaban el segundo
que marcara las doce.
La lluvia bañaba los vidrios sin cortina...
parecía que nos mojaba...
El
silencio ocupó la totalidad del espacio.
Como temerosos de que
a imagen se esfumara... Doblado en dos por el
peso de su barba y de su bolsa, caminando pesadamente
bajo unas gotas que parecían no mojarlo.
Iluminado por la luz de los relámpagos.
Chapoteando en el barro con sus botas cansadas.
Con la cara esfumada entre arrugas y patillas.
Con el andar lento, detenido en el espacio.
Por
un instante los relojes se detuvieron. Los acontecimientos
ocurrieron
en otra dimensión.
La
magia nos salpicó con luces de colores.
La puerta se abrió.
De su roja bolsa se escapó su risa envuelta
en paquetes y envoltorios.
Desde un lucero brillante un trineo de luz lo
vino a buscar... desapareció.
Muchas Navidades han pasado desde entonces.
Cada diciembre el ritual se repite.
De aquella de Palomar no recuerdo los regalos.
Recuerdo la tormenta, y su andar, y su risa.
Me inunda la emoción. Se me llena el corazón
de tanto amor.
Me atrevo a asegurarle a quien no crea:
Papá Noel existe... Yo lo vi.
Papá, gracias por esa imagen que creaste
en nosotros.
La nostalgia es una cosa rara que Agiganta las
emociones.... Inés.