Por Estela desde Mérida, México

Uno de los elementos más característicos de la escenografía navideña son los foquitos de colores. En diciembre los vemos desplegando su luminosa fantasía en fachadas, arbolitos navideños, jardines, rejas, etc.

Vienen en varias presentaciones: la tradicional "serie" en línea, otros en cascada, otros entubados en una manguera flexible y transparente, con música o de alguna otra forma según el ingenio de los asiáticos que parecen inventarlo todo. Y todos tienen en común ser unas pequeñas luces intermitentes o fijas que nada alumbran, en realidad, pero que dan una apariencia luminosa. Se ven bien pero no son más que un adorno, bonito como todos los adornos, pero de escasa utilidad.

Claro que está eso de que son símbolos pero tampoco estoy muy segura de que realmente expresen el auténtico espíritu de la Navidad cristiana con su centelleante fulgor, que se supone que represente a las estrellas del cielo de Belén. Pero en ese cielo había una enorme luz útil: la errante estrella que guió a los sabios reyes desde sus apartadas regiones hasta aquel portal humilde donde un sol comenzaba a brillar.

Pero estas lucecitas de fantasía ¿qué iluminan con su frío parpadeo? ¿Qué utilidad aportan que no sea la de adornar un escenario teatral? Quizá sean el símbolo de nuestras propias actitudes navideñas: todos queremos brillar en Navidad pero, quizá de la misma forma que las "series": como un simple adorno.

Es posible, y lamentable, que nuestras más lucidoras acciones navideñas: regalos de compromiso, estreno de vestuario para la "temporada" estival, mesas exquisitamente presentadas con viandas elaboradas más con el deseo de aparentar que de agradar, sean un ornato y no un verdadero encuentro cristiano con nuestros anfitriones y nuestros invitados. La Navidad no debe ser un evento social donde se rivaliza en lujo y abundancia. Un pretexto para lucimiento personal, una obligación del estatus social. La Navidad es una ocasión para abrir el corazón y no las puertas de la casa nada más; para agasajar al bienvenido visitante con algo más que licores finos y un menú de alta cocina sino con calor de hogar cristiano y una simpatía sin precio, para intercambiar sonrisas sinceras abiertas y no sólo regalos primorosamente envueltos.

Una ocasión para manifestar el amor con el me-jor motivo: la conmemoración del cumplimiento de la promesa de amor de Dios a su pueblo. El espíritu navideño debe arder en nuestros corazones con tal intensidad que alumbre hasta los rincones más obscuros y alejados de las fiestas. Con luz potente e irresistible y no como una encantadora "serie" de foquitos que a-orna pero no ilumina realmente. Podemos lograrlo y ni siquiera tenemos que suspender nuestros festejos y alejarnos amargados y tristones porque la Navidad es alegría, pero sincera y no teatral.

Superemos la posible artificialidad de las fiestas navideñas, rebasemos la idea del "compromiso social", rompamos el guión prefabricado según el cual la Navidad es este escenario donde actuaremos convencionalmente dando un beso de lado para no arruinarnos el maquillaje, abrazando con cuidado para no arrugar nuestros vestidos, intercambiando "roperazos" porque lo de los regalos es "un presupuesto aparte". Regalémonos nosotros mismos y estaremos ofreciendo un presente invaluable que no podrá encontrarse ni en el almacén más caro porque es nuestro amor sincero.

No hay fiesta mejor que aquella a la que vamos con el corazón en la mano, con la felicitación verdadera que nos sale del alma y no de los labios. Brillemos con luces útiles y no de fantasía.

 
Brillemos no para adornar escenarios sino para disipar la sombra de la tristeza. Si somos esta luz intensa entonces no habrá sombras en Navidad. Pero si no lo somos el único resplandor frío en la Nochebuena será el de las "series" y su efecto será, por contraste, destacar la oscuridad circundante. Si somos los cristianos los hijos de la luz, iluminemos pues con los maravillosos rayos del amor que nos une.

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