Vienen
en varias presentaciones: la tradicional "serie"
en línea, otros en cascada, otros entubados en una
manguera flexible y transparente, con música o de
alguna otra forma según el ingenio de los asiáticos
que parecen inventarlo todo. Y todos tienen en común
ser unas pequeñas luces intermitentes o fijas que
nada alumbran, en realidad, pero que dan una apariencia
luminosa. Se ven bien pero no son más que un adorno,
bonito como todos los adornos, pero de escasa utilidad.
Claro
que está eso de que son símbolos pero tampoco
estoy muy segura de que realmente expresen el auténtico
espíritu de la Navidad cristiana con su centelleante
fulgor, que se supone que represente a las estrellas del
cielo de Belén. Pero en ese cielo había una
enorme luz útil: la errante estrella que guió
a los sabios reyes desde sus apartadas regiones hasta aquel
portal humilde donde un sol comenzaba a brillar.
Pero
estas lucecitas de fantasía ¿qué iluminan
con su frío parpadeo? ¿Qué utilidad
aportan que no sea la de adornar un escenario teatral? Quizá
sean el símbolo de nuestras propias actitudes navideñas:
todos queremos brillar en Navidad pero, quizá de
la misma forma que las "series": como un simple
adorno.
Es
posible, y lamentable, que nuestras más lucidoras
acciones navideñas: regalos de compromiso, estreno
de vestuario para la "temporada" estival, mesas
exquisitamente presentadas con viandas elaboradas más
con el deseo de aparentar que de agradar, sean un ornato
y no un verdadero encuentro cristiano con nuestros anfitriones
y nuestros invitados. La Navidad no debe ser un evento social
donde se rivaliza en lujo y abundancia. Un pretexto para
lucimiento personal, una obligación del estatus social.
La Navidad es una ocasión para abrir el corazón
y no las puertas de la casa nada más; para agasajar
al bienvenido visitante con algo más que licores
finos y un menú de alta cocina sino con calor de
hogar cristiano y una simpatía sin precio, para intercambiar
sonrisas sinceras abiertas y no sólo regalos primorosamente
envueltos.
Una
ocasión para manifestar el amor con el me-jor motivo:
la conmemoración del cumplimiento de la promesa de
amor de Dios a su pueblo. El espíritu navideño
debe arder en nuestros corazones con tal intensidad que
alumbre hasta los rincones más obscuros y alejados
de las fiestas. Con luz potente e irresistible y no como
una encantadora "serie" de foquitos que a-orna
pero no ilumina realmente. Podemos lograrlo y ni siquiera
tenemos que suspender nuestros festejos y alejarnos amargados
y tristones porque la Navidad es alegría, pero sincera
y no teatral.
Superemos
la posible artificialidad de las fiestas navideñas,
rebasemos la idea del "compromiso social", rompamos
el guión prefabricado según el cual la Navidad
es este escenario donde actuaremos convencionalmente dando
un beso de lado para no arruinarnos el maquillaje, abrazando
con cuidado para no arrugar nuestros vestidos, intercambiando
"roperazos" porque lo de los regalos es "un
presupuesto aparte". Regalémonos nosotros mismos
y estaremos ofreciendo un presente invaluable que no podrá
encontrarse ni en el almacén más caro porque
es nuestro amor sincero.
No
hay fiesta mejor que aquella a la que vamos con el corazón
en la mano, con la felicitación verdadera que nos
sale del alma y no de los labios. Brillemos con luces útiles
y no de fantasía.