Al
salir de la escuela debíamos desviarnos por Lorenzini.
Un largo camino para llegar al almuerzo calentito que nos
esperaba en casa.
Este camino estaba lleno de historias, risas, anécdotas,
travesuras, romances... teníamos tiempo de contarnos
hasta nuestros sueños... el camino era largo.
Hoy, llegar por Iraola derecho son sólo unos minutos...
el camino es un atajo.
Me descubro de repente en el Ombú... cuánta
historia, de la de los libros y de la propia.
Mis abuelos vivían por allí y los domingos nos
reuníamos con mis primas. El Ombú era el sitio
de reunión después de los ravioles caseros de
la abuela. Era el centro de operaciones desde donde fantaseábamos
con nuestros reyes y castillos.
Había un parque “Peryra Iraola”, era majestuoso.
Estaba, para nuestra fantasía, invadido de duendes
y dragones. A veces nos filtrábamos en él hasta
que algún fantasma convertido en perro nos corría.
Hoy
el barrio del “ Parque Malibú”, que ocupa
ese mismo lugar, es hermoso. Sus modernas casas, sus cuidados
jardines, sus impecables fachadas...
Para llegar al Ombú, por donde yo iba, también
hoy el camino es un atajo.
Mis piernas me regresan a casa. Me recibe el ladrido del perro,
el calor de los retratos...
Me encanta el avance de la tecnología. Me escribo por
mail con un compañero de la primaria que vive en Canadá,
con mis familiares de España, con un chico tucumano...
les hubiera perdido el rastro sin la maravilla de Internet...
Adoro este atajo... pero recuperaría tantos caminos
si pudiera...
Creo que vamos por la vida cada día decidiendo tomar
un camino o un atajo.
Del primero recordamos los detalles, quedan a fuego en nuestra
piel las sensaciones, como en una foto... casi para siempre...
Los atajos aceleran nuestros destinos.
La nostalgia del primero o la resolución inmediata
del segundo...no sé cuál es mejor, pero eso
es, en todo caso, tema de otro capítulo .
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