De caminos y de atajos
Ines Güenzatti

Domingo. El calorcito del sol de esta mañana de otoño me seduce, me invita a recorrer las calles de mi barrio.

Mis piernas no obedecen, están acostumbradas a transitar por donde quieran... llevan a mi cuerpo sin ningún rumbo fijo, a ningún determinado lugar.

Las hojas de los árboles con sus matices de verdes, amarillos y marrones colorean las veredas... me invaden los recuerdos... retrocedo a una época en la que mi delantal blanco se metía en la “Escuela 28”.

Yo vivía en Iraola al 400, pero ni ella ni sus paralelas estaban asfaltadas. El famoso campito estaba repleto de mágicos y temibles esqueletos.
Caminar por allí estaba absolutamente prohibido... desde mis seis años, eso era lo temible, eso era lo mágico...

Al salir de la escuela debíamos desviarnos por Lorenzini. Un largo camino para llegar al almuerzo calentito que nos esperaba en casa.

Este camino estaba lleno de historias, risas, anécdotas, travesuras, romances... teníamos tiempo de contarnos hasta nuestros sueños... el camino era largo.
Hoy, llegar por Iraola derecho son sólo unos minutos... el camino es un atajo.
Me descubro de repente en el Ombú... cuánta historia, de la de los libros y de la propia.
Mis abuelos vivían por allí y los domingos nos reuníamos con mis primas. El Ombú era el sitio de reunión después de los ravioles caseros de la abuela. Era el centro de operaciones desde donde fantaseábamos con nuestros reyes y castillos.

Había un parque “Peryra Iraola”, era majestuoso. Estaba, para nuestra fantasía, invadido de duendes y dragones. A veces nos filtrábamos en él hasta que algún fantasma convertido en perro nos corría.

Hoy el barrio del “ Parque Malibú”, que ocupa ese mismo lugar, es hermoso. Sus modernas casas, sus cuidados jardines, sus impecables fachadas...
Para llegar al Ombú, por donde yo iba, también hoy el camino es un atajo.
Mis piernas me regresan a casa. Me recibe el ladrido del perro, el calor de los retratos...
Me encanta el avance de la tecnología. Me escribo por mail con un compañero de la primaria que vive en Canadá, con mis familiares de España, con un chico tucumano... les hubiera perdido el rastro sin la maravilla de Internet...

Adoro este atajo... pero recuperaría tantos caminos si pudiera...
Creo que vamos por la vida cada día decidiendo tomar un camino o un atajo.
Del primero recordamos los detalles, quedan a fuego en nuestra piel las sensaciones, como en una foto... casi para siempre...
Los atajos aceleran nuestros destinos.

La nostalgia del primero o la resolución inmediata del segundo...no sé cuál es mejor, pero eso es, en todo caso, tema de otro capítulo .
 

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