Llegó
nuevamente el calor y sus ramas brotadas dejaron ver de
quién estábamos hablando, empezaron a aparecerle
simpáticos frutos formados por muy lindos globulitos
que paradójicamente le firmaron una cuasi sentencia
de muerte: era una morera.
Imaginar las baldosas tapizadas de moras y la participación
de un ejército de insectos disfrutando de los frutitos
caídos, recibir la advertencia de la señora
que me ayuda con los quehaceres domésticos (en realidad
la que los hace) que la proximidad con la soga de colgar
la ropa iba a dar a mis sábanas un tinte característico
y tener la certeza que las dimensiones del canterito no
eran compatibles con esa criatura, me llevaron a una sola
conclusión: había que sacar la morera.
El
tema era sencillo, dos hachazos y en un rato ese proyecto
de árbol pasaría a engrosar la montaña
de poda de mi esquina y
listo... pero no, ese destino no me gustaba para nada, yo
no quería matar al arbolito.
Me acordé que alguna vez funcionó en nuestra
ciudad una comisión de "amigos del árbol"
o algo parecido, fui a la sede de AFALP
para ver si ellos sabían algo al respecto pero la
respuesta fue negativa, se me ocurrió entonces donárselo
al Poli, fui hasta allá y en la entrada nomás
me desalentaron al saber que era una planta de moras.
El tema me seguía dando vueltas hasta que di con
una solución: el destino del arbolito tenía
que ser la peatonal de Bradley, ahí lejos de molestar
daría una linda sombrita y podría aportar
sus frutos para terminar en una rica tarta o en un tarro
de dulce.
La
idea me entusiasmó, una señora me dijo que
lo transplantara en un mes sin "R", así
fue que un soleado y frío mediodía de agosto
llevamos a cabo con mis viejos y mis hijos el "operativo
salvataje". Aunque no somos gente romántica,
juro que al extraerlo del cantero, trasladarlo cuidadosamente
y plantarlo en su nuevo destino, tuvimos una sensación
como de estar viviendo un ritual, creo inclusive que cuando
lo dejé lo palmeé y le di un beso.
Durante
dos meses mi papá, un jubilado buena onda voluntario
de la salita, lo visitó diariamente con una botella
de agua, yo cada vez que salía a caminar lo iba a
ver... hasta que al llegar octubre el arbolito nos devolvió
tanto cariño y tanto cuidado con unos brotes verdes
que nos alborotaron de alegría.
El
tiempo sigue pasando y todo hace entender que le gusta su
nuevo barrio cerca del puesto de diarios y en un lugar donde
los vecinos pasean y disfrutan de la naturaleza, es más
hace poco algún buen tipo le puso por propia iniciativa
un anillo de algodón en el tronco para que no lo
maltrataran las hormigas.
Por
ahora sigue siendo un árbol chiquito, pero es muy
probable que continúe transcurriendo su destino de
morera y es más, no descarto que nos termine sobreviviendo
a mí y a mis padres. No se si será que al
acercarse a los cincuenta uno se pone un poco sentimental,
pero la verdad es que me da un poco de cosa..., me imagino
que tal vez un día, cuando hayamos partido, mis hijos
se paren con sus hijos frente a ese árbol y vean
en él la cara de su viejo o de sus abuelos, pero
me conforto pensando que seguramente van a explicarle a
los chicos que la sangre de la que ellos vienen es la de
gente que quería y defendía a ultranza la
vida y que era capaz de embarcarse y entusiasmarse en una
tarea no rentable solamente para evitar que un ser vivo
dejara de serlo.
Para
terminar les cuento que en el canterito del fondo, en la
tierra removida donde estaba "el arbolito"
creció al mes no más otro árbol, este
parece ser un paraíso, tal vez habrá llegado
su semilla traída por el viento o por algún
pájaro (bendita tierra la de nuestra provincia).
La cuestión es que ya tiene un tamaño nada
despreciable y estamos planificado que un domingo de este
próximo agosto , al mediodía seguramente,
vamos a repetir con mis padres y mis hijos el mismo ritual
del año pasado, espero que a este también
le guste el lugar, termine aclimatándose y haciéndose
amigo de nuestra querida morera.