El arbolito del fondo de mi casa
Adrián Gómez

Me llamo Adrián Gómez y estoy en Ciudad Jardín desde 1956, esta es una historia que me pasó y quería compartirla con mis vecinos.

En el fondo de mi casa, en un canterito de no más de 30 cm de ancho, nació un día un arbolito. En pocos meses pasó de ser un incipiente palito a un proyecto de árbol con su tronco y sus ramas. Evidentemente mis conocimientos de Botánica de 1er año nacional o quedaron demasiado diluidos con el tiempo o fueron insuficientes para determinar a qué especie pertenecía, y por lo tanto, este ser vivo que se abrió paso en mi cantero pasó a ser "el arbolito".

Transcurrió un otoño y su esqueleto apenas llamaba la atención, llegaron los meses cálidos y aún con unas cuantas hojas no despertaba ninguna curiosidad su metro y algo de estatura en medio de la desprolijidad del fondo sin cuidados de la casa de un hombre que estaba aprendiendo a vivir su flamante condición de separado.

La novedad de ocuparme de las compras de supermercado, planificar las comidas, atender a la limpieza, el orden interno y además estar con toda la pila en los ratos de encuentros con mis hijos no me dejaban tiempo ni ganas para ocuparme del jardincito del fondo.

En ese contexto las plantas antes cuidadas, fumigadas y prolijamente podadas ahora vivían a la buena de Dios y entre ellas el arbolito iba mostrando su tosudez y determinación de convertirse en un árbol hecho y derecho.

Llegó nuevamente el calor y sus ramas brotadas dejaron ver de quién estábamos hablando, empezaron a aparecerle simpáticos frutos formados por muy lindos globulitos que paradójicamente le firmaron una cuasi sentencia de muerte: era una morera.

Imaginar las baldosas tapizadas de moras y la participación de un ejército de insectos disfrutando de los frutitos caídos, recibir la advertencia de la señora que me ayuda con los quehaceres domésticos (en realidad la que los hace) que la proximidad con la soga de colgar la ropa iba a dar a mis sábanas un tinte característico y tener la certeza que las dimensiones del canterito no eran compatibles con esa criatura, me llevaron a una sola conclusión: había que sacar la morera.

El tema era sencillo, dos hachazos y en un rato ese proyecto de árbol pasaría a engrosar la montaña de poda de mi esquina y listo... pero no, ese destino no me gustaba para nada, yo no quería matar al arbolito.

Me acordé que alguna vez funcionó en nuestra ciudad una comisión de "amigos del árbol" o algo parecido, fui a la sede de AFALP para ver si ellos sabían algo al respecto pero la respuesta fue negativa, se me ocurrió entonces donárselo al Poli, fui hasta allá y en la entrada nomás me desalentaron al saber que era una planta de moras.

El tema me seguía dando vueltas hasta que di con una solución: el destino del arbolito tenía que ser la peatonal de Bradley, ahí lejos de molestar daría una linda sombrita y podría aportar sus frutos para terminar en una rica tarta o en un tarro de dulce.

La idea me entusiasmó, una señora me dijo que lo transplantara en un mes sin "R", así fue que un soleado y frío mediodía de agosto llevamos a cabo con mis viejos y mis hijos el "operativo salvataje". Aunque no somos gente romántica, juro que al extraerlo del cantero, trasladarlo cuidadosamente y plantarlo en su nuevo destino, tuvimos una sensación como de estar viviendo un ritual, creo inclusive que cuando lo dejé lo palmeé y le di un beso.

Durante dos meses mi papá, un jubilado buena onda voluntario de la salita, lo visitó diariamente con una botella de agua, yo cada vez que salía a caminar lo iba a ver... hasta que al llegar octubre el arbolito nos devolvió tanto cariño y tanto cuidado con unos brotes verdes que nos alborotaron de alegría.

El tiempo sigue pasando y todo hace entender que le gusta su nuevo barrio cerca del puesto de diarios y en un lugar donde los vecinos pasean y disfrutan de la naturaleza, es más hace poco algún buen tipo le puso por propia iniciativa un anillo de algodón en el tronco para que no lo maltrataran las hormigas.

Por ahora sigue siendo un árbol chiquito, pero es muy probable que continúe transcurriendo su destino de morera y es más, no descarto que nos termine sobreviviendo a mí y a mis padres. No se si será que al acercarse a los cincuenta uno se pone un poco sentimental, pero la verdad es que me da un poco de cosa..., me imagino que tal vez un día, cuando hayamos partido, mis hijos se paren con sus hijos frente a ese árbol y vean en él la cara de su viejo o de sus abuelos, pero me conforto pensando que seguramente van a explicarle a los chicos que la sangre de la que ellos vienen es la de gente que quería y defendía a ultranza la vida y que era capaz de embarcarse y entusiasmarse en una tarea no rentable solamente para evitar que un ser vivo dejara de serlo.

Para terminar les cuento que en el canterito del fondo, en la tierra removida donde estaba "el arbolito" creció al mes no más otro árbol, este parece ser un paraíso, tal vez habrá llegado su semilla traída por el viento o por algún pájaro (bendita tierra la de nuestra provincia). La cuestión es que ya tiene un tamaño nada despreciable y estamos planificado que un domingo de este próximo agosto , al mediodía seguramente, vamos a repetir con mis padres y mis hijos el mismo ritual del año pasado, espero que a este también le guste el lugar, termine aclimatándose y haciéndose amigo de nuestra querida morera.
 

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